La chata

7 Abr

El color con el que llegó era amarillo, por lo menos eso es lo que me contó mamá. De a poco se le fue saliendo la pintura y entre arreglo y arreglo quedó como una paleta de colores para pintar un atardecer. Si algo me gustaba de ella era que encontraba de todo, como si fuese un almacén de ramos generales, desde hilo para atar chorizos hasta esos metros de madera amarillos que se pliegan. A veces me daba vergüenza pasear con ella, porque mis compañeros de la escuela andaban en autos modernos, y la chata era modelo 80. Me gustaba sacar el brazo por la ventanilla, cerraba los ojos y para mi ese aire fuerte que golpeaba mi mano era como tocar las redondeces de las nubes. Me sentía en el cielo. Eso no me daba vergüenza. Ayer en el trabajo pedí un flete y vino una camioneta parecida a la chata de papá. Me acordé de las nubes, entonces me senté del lado de la puerta, bajé el vidrio, apoyé el brazo pero no me animé. Que tonta fui.

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